Éxtasis y Miradas

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Oleo de José Espurz González

El viento desbordante danza al son de un tango furioso. Las calles enmudecidas son bañadas con una leve brisa, que adorna los adoquines de la plaza y las paredes de caliza de la catedral. Las larvas metálicas sobre ruedas arriban a la Calle de los Abogados trayendo consigo cientos de hormigas que corren con afán a sus hormigueros. La casa colonial de la esquina, tiene abiertas sus grandes puertas de madera. Entran los estudiantes de mil y una formas hacia los claustros de artes.

Allí en el lugar donde anidan cientos de libros, me recibe con una cálida sonrisa el maestro Valbuena, saludo de pico en la mejilla a las irreverentes poetas que con su alegría, belleza y sabiduría matizan el taller de literatura, que para muchos suena anticuado y aburrido, pero allí es un ateneo de risas, aprendizaje, literatura y pura poesía. Doy la mano a algunos serios escritores y saludo con la mirada a los demás asistentes.

Y al entrar ella comienza la magia. Esa sensación de ver lo mágico y bello, dentro de la sencillez de la cotidianidad. De cabellos castaños un poco desaliñados, vestida como cualquier chica de universidad tal vez, unos ojos tímidos detrás de unos lentes, los cuales empecé a mirar mientras el maestro Valbuena leía un cuento de Alfredo Bryce Echenique… ” Mediados de Diciembre. El sol se ríe a carcajadas en los avisos de publicidad” y las miradas empezaron a susurrar en el ambiente, al principio tímidas aprovechando de que el maestro estaba cerca de ella, después fueron evidentes, minuciosas al ser testigo de tan simpático rostro.

Recorría su rostro por instantes, descubriendo esa belleza enmudecida. Tras varios intentos encontré sus ojos en los míos y una sensación de candor avivó mis sentidos y la inspiración se manifestó en el papel, cuando se nos pidió hacer un ejercicio literario similar al estilo de Bryce Echenique. Brotaron las letras como un volcan en erupciòn y mientras la miraba por instantes, logré entrever en ella un leve sonrojo, pues sabía que era el centro de mi atención, aquella noche mágica de agosto.

No fui valiente, término la sección y sali con su mirada entrelazada en mi mente. El frío no se sentía, mudo recorría las calles ya vacías. El humo del puesto de chorizos de la esquina traía el olor de la mortandad cocinada. Las putas insinuantes buscaban aun clientes, en los transeúntes nerviosos que emanaba quizás el hedor del ansia de mujer. La Catedral vestía de palomas proyectaba su sombra sobre la plaza desolada, lo unico que corria por mis pensamientos era ella, a la cual no tuve la gallardía de hablarle, pero si le imprimí mis luces de admiración, en esos tímidos ojos detrás de unos lentes, quizás en la próxima sección logre decirle más que miradas…

Christian Casbaker, 2018

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