La intimidad de un día

Foto cortesía de Rodrigo Ávila TV

Mediados de Agosto, el viento acaricia con fuerza las dolientes quejas de los edificios cercanos. El cielo sin nubes ya apagado parece que soplara sin medida, levantando en remolinos la basura que invade por doquier la plaza principal, fría y marginal, pues tan solo una decena de árboles adornan su triste faz de asfalto. Los muros de la Catedral adornados de millares de palomas, parece que estuviera vestido en sus intersecciones de pequeñas gárgolas que te miran sin mirar, ululando y tirando proyectiles de la buena suerte. La Calle de los abogados siempre adornada del señor de los chorizos, los cuales se asan con avidez atendiendo al buen viento, expelen un olor que a unos espanta y a otros atrapa como a mosca en miel. Papelerías, garabatos y librerías, cafeterías, casa de la cultura y putas, llego al fin a la avenida que ruge como nunca.

¡Van a atropellar el perro!, pensaba impaciente, mirando pasar la gran avenida de dos carriles al can, que con audacia llego al otro lado sin estar tan preocupado de los acechantes vehículos.

Allí sobre la Calle de los Abogados, estaba esperando a que llegara mí novia, en una de esas busetas atiborradas de gente que arriban como grandes orugas sobre ruedas cargadas de hormigas, las cuales bajaban afanadas con destino a sus hormigueros. Allí empecé a esquivar los drogadictos que me pedían monedas, siempre desarmaba su petición con un ademán llevándome la palma de la mano derecha y los dedos unidos todo extendido al cuello, como en señal de estar grave o “paila” esa palabra del parlache característico de las comunas de Medellín que viajó hasta aquí quién sabe cómo y quién sabe cuándo porque desde niño siempre la escuche decir a mis compañeros, para referirse al hecho de estar no tan bien (refiriéndose a falta de dinero) o sentirse mal ( enfermo). También los esquivaba hablándoles en su jerga

“No Parce estoy sin una, me la gaste en el pan del desayuno o graves no tengo ni cincuenta pesos”.

Y esto claro está sin demostrarles miedo aparente. Pero esta vez el mendigo , me insistió de tal manera acercándose lo suficiente para recordar aquel miedo, ese miedo que sentía a los siete años, allí cuando vivía, en el famosos barrio Obrero o barrio Sta. Rita, mi mama me amenazaba con el “Chulo” al asomo de la intención de alguna travesura

“Se lo va a llevar el Chulo”

Siempre me decía mostrándome el viejo harapiento, siempre tiznado porque no creía que hubiera personas de un color tan oscuro

“Mire cómo le parece esa muchacha”. Le dije al mendigo que me insistía aún por la moneda con mirada ya desafiante, mostrándole una bella muchacha de quizás unos 20 años, de pelo liso anochecido hasta la mitad de su amplia espalda, contra parte de un pecho generoso y altivo como un par de monolitos bien pulidos que hacían juego todo en conjunto con sus exuberantes caderas que de manera cadenciosa al paso, hacían mover sus glúteos de una manera casi hipnotizante.

Huy que ricura, que no le haría mono, con todo eso…

Logrando desviar definitivamente su atención, se alejó mostrándome una sonrisa espontanea pero a la vez lívida, perversa, quizás por lo que estaba pensando al fijar su desorbitada mirada a la retaguardia de la muchacha que cada vez se alejaba del sitio, asustada por los piropos desproporcionados, descarados e insinuantes, del mendigo.

Me salve de darle una moneda quizás o de que me siguiera insistiendo con alevosía. Llegando al punto de exasperarme y mandarlo a comer mierda, el detonante perfecto para descargar en aquel individuo aquella furia contenida. La misma que sentía cuando veía deambular a a mi hermanastro en parecidas condiciones, el cual habiendo tenido buenas oportunidades en la vida las había desaprovechado inútilmente arrojando a la basura ya más de tres décadas de su penosa existencia, con un hijo a cuestas y los días desperdiciados en esa macabra monotonía que le consume cada vez el hálito de vida, esa vida que se deshilacha en cada inhalación de pútrido bazuco.

Christian Casbaker

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Christian Efraín Castiblanco Baquero más conocido como Christian Casbaker. Nació en el municipio de Tabio población de la sabana norte de Bogotá en Colombia en 1990. Vive en la ciudad de Facatativa ya hace 24 años. Bachiller del Instituto Técnico Industrial de Facatativa y estudiante de Comunicación Social de la Corporación Universitaria Minuto de Dios.

Ha escrito desde la infancia, pertenece a la Escuela de Literatura – Lectulabranzas desde el 2017, ha participado en varios eventos literarios como Cónclave poético 2017, el Festival Internacional de Escritores Ojo en la Tinta – Tunjo Fest 2017, Tertulias Colectivo Poetiza 2018. Recitales de poesía en Facatativa, Madrid, Funza y Mosquera. Editor y creador del primer Blog literario y periodístico de Facatativa llamado Letrologias dispuesto en la  plataforma de WordPress, donde publica parte de su trabajo literario y periodístico, tiene en proceso algunas obras inéditas de poesía y narrativa.

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