Redimidos I

I Ávido de sangre.

Viéndose las manos llenas de sangre ya púrpura porque han pasado quizás más de dos horas desde que escondido entre los saúcos asechaba a la niña que inocentemente jugaba a la orilla de un charco cercano a su casa con un barquito de papel.

Con la tenue luz del sol, en una mañana de frescos aromas, rodeando las lujosas casas en mediaciones de los cerros orientales. Esperaba con ansia como perro en celo cuál sería su próxima faena, como el mismo la llamaba, cuando se pavoneaba de sus horrendas hazañas sexuales tomando BBC en algún bar del Mirador de La Calera con sus ingenuos amigotes, que creían que eran aventuras pasajeras con chicas recién llegadas a la ciudad o de los pueblos cercanos.

Tras ver que nadie estaba atento de la criatura, salía de entre los saúcos emitiendo un chillido aterrador, pasaba desapercibido pues parecía el mismo que hacían los toches cuando aparecen en los prados a picar y comer cucarrones. Encima de la pequeña humanidad que llena de pavor no podía ni gritar le colocaba una gruesa cinta decorada de emoticones de diablos, caras tristes y enfermas, quizás aquello representaba lo que era su mente que en ese mismo momento solo pensaba en desnudar, penetrar, lamer, morder y matar.

Ávido de sangre, ya en su guarida improvisada desde el día anterior, tras haber estudiado a detalle su víctima y estar totalmente planeado su macabro plan. Encerraba en una casucha de ramas y plástico a la aterrada niña que tan solo gritaba con una mudez que se manifestaba en los ríos de lágrimas que huían de sus desesperados ojos.

Primitivo e insaciable le arrancaba el vestido enterizo de Offcorss rosa, mientras que movía su pelvis con el miembro erecto al aire, ese aire que sordo era el único testigo del horror. Terminaba su faena, cuando ya el cuerpo perdía su vida, cuando el color del rostro de la víctima se esfumaba en el pálido muerte y su calor como humo se desvanecía entre las piernas del devorador que gemía mientras mordía el cuello de la ya inerte niña.

A sus amigos solo les contaba los instantes de efervescencia, de poses y juegos sadomasoquistas al estilo de 50 sombras de Grey, que en efecto eran mentira, ya que lo hacía con el frío despojo de humanidad que penetraba mientras lo mordía para bañarse en su sangre aun tibia.

En la fría noche mientras se percataba que ya no estarían buscando a la victima por ahora, salia sin dejar rastro, solo la escena tapizada de abundante eucalipto que había recolectado con anterioridad.

Podrían pasar meses hasta que encontraran el cuerpo, pues aquel sepulcro improvisado pasada desapercibido ya que casi siempre lo hacia detrás de alguna colina inhóspita o en alguna cueva hecha por una antigua explotación de material para construcción ya abandonada por años.

En la comodidad de su casa cerca al parque de Chingaza donde la vista era de ensueño, se bañaba mientras miraba como hipnotizado aquella sangre púrpura que corría diluida por el sifón de plata de su lujoso baño. Para que después durmiera como bebé en su cama Queen, acompañado de su perro Gran Danés Giorgio, mientras la vocecita en sueños le mostraba la próxima faena a planear.

Christian E. Castiblanco, 2019.

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