OVEJA ROSA: UNA VIDA DETRÁS DE UNA MASCARA

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“Lo hermoso del desierto es que en cualquier parte esconde un pozo”. Esta frase de Antoine de Saint-Exupery bien podría resumir lo que ha supuesto para mí haber sido un adolescente homosexual.

Quien soy y de dónde vengo

Actualmente tengo 25 años, y desde hace un tiempo llevo asistiendo a sesiones de coaching de identidad personal con Elena. Si hay algo que me lleva a superar la enorme vergüenza que siento al hablar de este tema es precisamente porque representa una oportunidad única para poder transmitir todo lo bueno que este proceso ha sido para mí. No me gustaría que por culpa de mi timidez o mi silencio personas que puedan estar experimentando un sufrimiento similar al que yo pasé, no tengan al menos la ocasión de escuchar mi historia, por si les puede ser de alguna ayuda.
Se puede decir que yo tuve una infancia muy feliz. Contaba con la enorme suerte de tener una familia estupenda y unos amigos geniales. Destacaba por mis notas y mi comportamiento ejemplar en el colegio, del cual siempre me felicitaban. En definitiva, era un niño sin problemas ni complicaciones que aparentemente ya iba a tener la vida resuelta al pertenecer además a una familia acomodada. Sin embargo, reflexionando desde el presente, poco a poco me fui dando cuenta de que había cosas que no encajaban del todo en mi vida, y no todo era tan bonito como aparentaba.

El inicio de mi pre-adolescencia estuvo marcado por uno de los grandes acontecimientos que sellarían mi vida: por motivos de trabajo de mi padre, nos fuimos trasladamos de ciudad. El cambio que viví fue radical. Aunque fue una experiencia que hizo que estrechara lazos más fuertes con mi familia, lo cierto es que experimenté muchas dificultades. Nunca terminé de adaptarme del todo a mi nueva vida. No logré hacer verdaderas amistades, y siempre tenía la sensación de ser considerado un extraño. las diferencias insalvables para mi edad, de mentalidad, junto con otros problemas personales, me hicieron crecer y antes de tiempo.

Esa sensación que tenía de no encajar no desapareció con la vuelta a casa, como yo pensaba, sino que no hizo más que acrecentarse. Al mismo tiempo que experimentaba todos estos cambios, me empecé a dar cuenta de que empezaba a tener otro tipo de sentimientos extraños y confusos. Cada vez más me fijaba en los hombres. Aunque al principio pensaba que miraba más a mis amigos por el hecho de serlos, lo cierto es que también mis ojos se dirigían a muchos otros chicos, tanto compañeros del colegio como personas por la calle, casi más que a las mujeres. La atracción sexual por personas de mí mismo sexo no tardó en aparecery cada vez era más y más fuerte.

A los 15 años, yo ya había asimilado que era homosexual. A esa edad contaba con una serie de sentimientos claros de atracción hacia los hombres, que yo no deseaba ni los había pedido, pero que aparecían inevitablemente. La primera y única vez que me golpearon por ser gay fue mi mamá, cuando salí del clóset. Recuerdo que iba llegando a casa días después de habérselo dicho y de pronto me confrontó diciéndome: “¿De dónde vienes?, ¿de ver a tus amigos que te hicieron así?, ¿los que te enfermaron de esa forma?”

Como ya estaba cansado de que diario me estuviera diciendo cosas como esas, ignoré sus palabras, pero ella estaba en la puerta de mi recámara y cuando iba a pasarme empezó a dar cachetadas y a darme puñetazos en el pecho, mientras me decía que se avergonzaba de mí, que ojalá nunca hubiera nacido, que quisiera borrar de su mente que yo existo y que renegaba de ser mi mamá. Esa vez fue la única que me han pegado por mi orientación sexual. Otro día mi papá me iba a levantar la mano por lo mismo precisamente, pero le detuve la mano y le dije: Suelta el primer golpe y el segundo lo doy yo”. Desde ahí decidí que nadie más me volvería a pegar por ser homosexual”.

Todo ello no hacía sino provocar en mí una espiral de confusión de la que no era capaz de escapar. Dado que yo había sido criado con una fuerte formación religiosa católica, el hecho de considerarme un homosexual destruía completamente todos los pilares sobre los que se había sustentado mi vida. Nunca hablé de ello con nadie, ni le dije a nadie lo que yo pensaba que era. Aunque por un tiempo estuve manteniendo ambos mundos, no dejando de asistir a mi parroquia pero al mismo tiempo aceptando lo que pensaba que era mi orientación sexual, no tardé en dejar la Iglesia y dejar de creer en Dios, ya que para mí había dejado de tener sentido.

No podía creer en algo que reprimía mi propia naturaleza, llegando a la conclusión de que, si la Iglesia erraba con respecto a la aceptación de la homosexualidad, mentía igualmente en todo lo demás. Hoy me doy cuenta de lo equivocado que estaba.Hice lo que el mundo me llamaba a hacer: abrazar mi condición sin tener miedo. Asumí que me había tocado ser de esta manera como algo perfectamente natural. No podía seguir con este conflicto que no hacía sino confundirme todavía más. Consideraba que ser gay, como apela la sociedad en la que vivimos, era algo bueno y hasta casi deseable. Renegué de todas mis creencias y adopté el mundo LGBT, pensado que así es como iba a ser más feliz.
Con 16 años comencé a notar que no había encontrado esa paz y plenitud que desde hace tiempo anhelaba mi alma. Nunca llegaba a ser completamente feliz en esta vida que había empezado. Siempre notaba que me faltaba algo esencial, que yo mismo no era completo. Me volví un chico callado y reservado, y aunque seguía obteniendo buenos resultados académicos, me aislaba de todo lo demás. Sentía que no encajaba en mi familia, no encajaba en mis amigos ni compañeros, y sobre todo no encajaba conmigo mismo. Había algo que desde el fondo de mi ser me decía que no iba por buen camino.

Todo ello me terminó por sumir en un profundo sufrimiento. Me frustraba pensar que el mundo LGTB, al que yo me había adscrito de corazón hace tiempo, no tenía las respuestas ni el sentido que yo buscaba. Aun habiendo aceptado que era un homosexual, y que ello no me impedía ser completamente feliz, mi persona estaba herida de muerte. Como además yo siempre había sido un chico bastante sensible, todo este proceso me afectaba mucho más.

Algo empieza a cambiar en mi

Con 18 años no podía aguantar más esa situación. No sabía qué hacer con mi vida, estaba completamente perdido. Ya en la desesperación, lo único que se me ocurrió fue hablar de este tema con mi familia . Aunque  no me supo dar una solución concreta a mi situación, me recomendó un consejo que no se me olvidará jamás: me dijeron  que rezara. Y eso hice sin parar. Sin embargo, no encontraba otra respuesta más que silencio.

Descubro que es posible dejar atrás estos sentimientos

Investigando más acerca del trabajo que ella realizaba, me sorprendió el hecho de que realmente se pudieran dejar atrás los sentimientos de atracción sexual hacia personas de tu mismo sexo trabajando en un coaching de identidad y afectividad. Realmente no esperaba que tal cosa funcionase, ya que consideraba que ser homosexual era algo natural, que lo imposible era precisamente ir contra esta condición. Otra vez hoy me admiro de lo equivocado que estaba.

Tras un periodo de reflexión, me decidí empezar a recorrer este nuevo camino que se me había abierto. En él descubrí que para poder aceptar la atracción sexual por los hombres no debía reprimirme ni autoconvencerme racionalmente de nada; debía trabajar un sinfín de heridas emocionales que desde mi infancia seguían abiertas. No se trataba de lavar mi cerebro, sino de trabajar todos aquellos aspectos de mi vida que habían evolucionado en base a pequeños traumas que había experimentado desde niño.

Una vez fortaleciese todos esos pilares tambaleantes de mi propia persona, finalmente la atracción homosexual se aceptaría por sí sola al haber recuperado todas aquellas facetas que me impedían desarrollarme hacia la verdadera plenitud a la que estoy llamado, aquella que inconscientemente siempre había buscado.Todo ello ha empezado a dar unos resultados sorprendentes. Aunque todavía me queda camino por recorrer, he descubierto que el cambio, si lo deseas, es perfectamente posible.

Desde entonces no he hecho sino experimentar una paz y tranquilidad absolutas. . Nunca llegué a perder mi naturaleza humana, sino que no sabía cómo dirigirla correctamente para poder llegar a alcanzar la plenitud a la que toda persona está llamada.

No puedo sino dar gracias a Dios porque al fin he descubierto que mi vida no es un error, que no estoy condenado a estar atado al sufrimiento, la frustración y la confusión. Al fin he encontrado ese pozo de agua escondido bajo mi desierto.

 

Arte para brillar como estrella

Y tras aceptarme como una persona de libre pensamiento y querer mi condición como algo que marca la diferencia tal cual como lo hacen las estrellas del cielo, libre de prejuicios empece a ver en aquel arte  una opción de llenarme la vida y salir adelante, convertirme en definitiva en una luz de intensa luz.

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Desde entonces realizo shows con el fin de recaudar fondos para ciertas entidades, así como labores preventivas que incluyen charlas y talleres. Mi trabajo como transformista lo hago más para el beneficio de la comunidad homosexual, me siento realizado vistiéndose de mujer. Por eso establecí la diferencia entre ser transformista y ser travestí.

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El travestismo, según él, es la tendencia masculina a feminizar el cuerpo. Los travestís están las 24 horas del día vestidos de mujer, porque así se sienten realizados. Yo soy transformista me disfrazo de mujer como espectáculo, pero no es esa la identidad que deseo. Yo soy chico y nunca he querido en el desarrollo de mi vida gay ser travestí, aclaro. Reconozco que le debo mucho al transformismo, pues me ha dejado dinero, fama y enseñanzas. Disfrazándome de Madonna le he ganado en varias oportunidades a 17 transformistas con mayor trayectoria y ahora casi siempre personifico a Marilyn Monroe, decidí que mi nombre artístico fuera KATIA

Considero que parto en dos la historia del transformismo en Colombia: la transformista antigua era acartonada, con el vestido envarillado, aspecto de reina y peluca quieta de tanto gel. Cuando me lancé con Madonna, por ser siempre irreverente y erótica, marco esa diferencia, sintiéndome libre, feliz y un ser humano autentico que se viste de color como la bandera de mi comunidad para mostrar esa oveja rosa, que tiene una vida tras esa mascara mágica para dar esperanzas y animo a todos las y los jóvenes que sintiéndose aun confundidos en su homosexualidad se lancen a la vida siendo únicos mostrando al mundo que también hay espacio para ellos y que lo que sienten es un condición diferente pero sumamente normal.

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