Mujeres versos, el diario de Evis

Evis Martínez desde Colombia, nos deleita con una poesía fresca y juvenil. Un poco contestataria, rebelde y realista que nos hace pensar en lo bueno como en lo malo que nos rodea, tal como lo define ella en su página literaria en Facebook, de lo infame y lo sublime. Aquí les dejo el link para que la visiten y disfruten de su río de Versos…revueltos. Hoy una recopilación de sus más bellos y francos poemas.

https://m.facebook.com/De-lo-infame-y-lo-sublime-100768701699023/?tsid=0.12597870278940726&source=result

Evis Martínez

Expectativas.

Caminaba por la noche desolada,
en que la luz venía sólo de faroles.
Gotas de llanto eran sus pisadas,
sollozos callados sus ojos marrones.

El húmedo ambiente de aroma mohoso,
la tiniebla profunda de los pensamientos.
Inundada de recuerdos doloros,
pareciese ser fuerte mientras muere por dentro.

La soledad es el precio de todo lo que siente,
parece que el mundo entero se atrae y la rodea,
pero cruel ironía, de mil uno la entiende,
y al final no encuentra en ella lo que busca o desea.

Se anclan a sus fulgores mientras brilla por dentro,
pues su luz ya se extiende a los que le rodean,
más se extingue esa llama y se muere por dentro.
Y ya nadie se queda, se fue el calor que anhelan.

Expectantes se encuentran de hallarle hecha río,
quieren beber su agua hasta quedar saciados.
Más cuando en sus campos verdes no queda ya del rocío,
su sed se extiende tempestuosa, vaya seres desgraciados.

A la espera están siempre de llevarse sus pedazos.
Carroñeros y voraces, asesinos silenciosos,
roban partes de esencia, quitándole insatisfechos,
de a poco todo, por trozos.

Oh, qué seres tan monstruosos, hambrientos de toda ella,
robándole sus sonrisas, quitándole sus miradas.
Malditos usurpadores que van dejando sus huellas,
rasgando todo a su paso, dejándola con la nada.

En tanto quitarle todo, esperar tanto de ella,
la dejaron atascada sirviendoles de paisaje.
Se llevaron su alegría, apagaron sus estrellas,
ahora no queda de ella nada más que le despojen.

Ego.

Las trampas del ego, sueños delirantes,
sentirme importante dueña de un papel,
siendo diminuta sentirme gigante,
valor agregado que yo me inventé.
Un grano de arena en universo tan grande,
una simple existencia en millones que hay,
mi vida o mi muerte en nada altera
el curso que el mundo ha de tomar.
De la intrascendencia el vívido ejemplo,
en nada se cambia el orden natural,
un borrón de tinta, cenizas al viento. De lo que yo he sido ni olvido quedará.
De este sinsentido al que he llamado vida
y de la muerte inevitable que he temido ya,
cuando ya no existan, no haya ni un suspiro
ni la sombra tenúe de mi soledad,
cuando haya agotado todos los segundos,
los sueños y anhelos no perduren más,
cuando mis palabras no sean ni un susurro
y mi voz apagada no diga nada,
cuando estas manos sin tacto se queden
y mis ojos tristes no puedan mirar,
cuando haya perdido todas las canciones,
la memoria vuele y no sienta los pies,
y entonces ya nadie sienta mi abandono,
extrañe mi presencia o recuerde mi piel,
cuando sean mis huesos restos de ese polvo
que a la luz del día casi ni se ve,
las trampas del ego, pensar en si existo,
en qué es lo que yo quiero o lo que logré,
no estarán ceñidas, se habrán extiguido
pues no hay llama eterna y yo me apagaré,
porque me calcino, día con día termino,
y si es que hoy soy alguien
¿mañana lo seré?
¿Quién es importante?
¿Quién indispensable?
Sólo somos pizcas que creen saber
sentirse completos, buscar objetivos y reverdecer,
pero marchitamos desde que nacimos
y aunque lo queramos no hay nada que hacer,
nos consume el tiempo, cuerpo perecedero,
alma sin anclaje, anhelos de papel,
nunca he sido nadie, destinada a nada,
ilusión la vida que se hace fugaz,
que pasan los días siempre de volada
y se han acabado, no vuelven jamás,
se acaban los versos, se pierde la historia,
se borran los besos que escribe el adiós
y aún así soñamos, y aún así crecemos,
buscamos la forma de hacerlo lo mejor,
le asignamos puesto a si somos esto
y en función de ello el ego surgió,
porque nos creemos y si no lo hacemos
ya no haríamos nada por levantarnos hoy.

Incertidumbre.

A John.

¿Quién soy?
Soy nadie.
Un poco menos que nada.
Un poco más que ninguno.
El cero a la izquierda.
Del cero a la izquierda.
El infinito debajo del infinito,
o el que es inmediatamente inferior a ese.
Una ecuación indeterminada.
Mal escrita, sin solución.
Un número inexistente,
o a punto de descubrirse.
Se le llama subsuelo a aquello
debajo de lo que se pisa,
soy el espacio cóncavo,
que dormita entre las piedras.
Una burbuja de aire,
taponandote la arteria.
El fragmento de segundo, justo antes
de que la lágrima se haga borrasca.
La desolación de no tener palabras
que correspondan a tus actos.
El fogonazo en la sien que precede
a un recuerdo doloroso,
el dolor reminiscente de una cicatriz.
Un corazón fracturado en luna llena.
La microscópica distancia entre nuestros dedos
cuando nos rozamos las manos,
a lo que llamamos contacto.
Y no eres tú, ni yo,
sino la colisión de millones de partículas que se repelen.
El espacio que flota,
después de los puntos suspensivos.
La h con la que escribo hecatombe,
en medio de una paz milagrosa.
Los 2 segundos que anteceden al suspiro,
el segundo en el que se corta la respiración,
el momento exacto en el que se silencia la nota.
El eco en los labios del último adiós,
un trazo de gesto en el aire,
palabras nunca pronunciadas,
los versos nunca escritos,
por poetas no nacidos.
La sensación de haber muerto ya
de un mal desconocido,
en un país sin nombre,
ubicado en ningún lugar.
El vacío que queda en el lugar
donde florece el olvido,
la embriaguez del aire,
por donde transitó una palabra.
La nada disfrazada de posibilidad,
un espacio vacío atravesado por sueños,
de personas inventadas
para historias antes de dormir.
La probabilidad de que esta si sea la vez en la que no parpadeo si me sopla el viento.
La oportunidad de caer de pie,
y tras saltar de un puente
llegar a salvo al otro lado del semáforo.
El río que se detuvo
ante los pies del caminante.
El cauce que cedió su campo
al aleteo de las mariposas.
Los rumores del color de la noche.
Otro círculo que se acabó de añadir al infierno de Dante.
Tenía los ojos cerrados y veía sólo hacía adentro.
Abrí los ojos y vi mi reflejo en los lentes que enmarcan tus ojos,
y estaba también en el iris de tu mirada de epifanía.
¿Quién soy?
Tal vez, un poco más que nadie.
Aún, un poco menos que varios.
Ver mi imagen en un cielo estrellado
¿Me hace constelación?
Verme a través de tus ojos
¿Me hace luz?
La higuera que crece en las paredes
derribadas por la guerra.
Un bosque de cerezos,
justo antes de un invierno inclemente.
El rayo de luz que se cuela
entre las cortinas violáceas que nunca quiero abrir.
Todos los ceros que caben
después de un uno.
El infinito que sigue,
al de los números naturales.
O el inmediatamente superior a ese.
La ecuación que termina
con todas las incógnitas,
un número imaginario.
O el número complejo que contiene a todos los demás.
Se le llama cielo
a el espacio sobre nuestras cabezas.
Que nuestras manos no logran alcanzar.
Soy el espacio en el que orbitan
los cuerpos celestes que todos sueñan visitar.
La radiación que sofoca
a los vestigios del cáncer.
El fragmento de segundo, justo
después de que la borrasca se haga calma.
El abrazo de las mil palabras
que puede contener una imagen.
La calidez en el pecho que precede
a las memorias del placer.
La sensación de agradecimiento
de donde sanó una herida.
Los puntos bordados en el pecho
tras una cirugia exitosa.
El lazo invisible.
De los que se sueñan abrazados,
A lo que llamamos tacto
cuando la polaridad nos acopla.
El párrafo que nace tras un punto.
La u con la que escribo utopía
en medio de lo inesperado.
Los 2 segundos que antecedenten al beso.
El segundo en el que se cruzan las miradas.
El momento exacto en el que inicia una oración.
El eco en la memoria de un amor eterno,
el grito valeroso que rompe el silencio.
Canciones a viva voz,
melodías, acordes, voces,
en el clamor de generaciones.
La sensación de haber vivido ya
reencarnado un par de veces,
en naciones de territorio inmortal
y en prados de historia sin fin.
El espacio ocupado
por la nueva experiencia,
la onda que rebota
en el canal auditivo.
El absoluto vestido de probabilidad,
un cuentero y un juglar
que hacen apología
a las verdades que permanecían en coma.
La danza del viento
ondeando faldas y cabellos.
Las vidas que le compré al gato
para borrar de mis deseos la idea del suicidio.
El arroyo que se hizo al río
para un día correr al mar.
La corriente que parió atúnes y arenques.
Los susurros cromáticos de la madrugada.
El paraíso de los celtas.
¿Quién soy?
Nadie…
Un poco más que cualquier nada.
Un poco más que cualquiera de los ningunos.
Un poco en comparación de los muchos todos.
Soy nadie, y eso es tanto…
Que pesa.

Ambiciones.

Me cuentan las pecas para definir mi belleza,
me cuentan cuántos segundos permanezco en la habitación,
me cuentan cuánto me cuesta cada gota de cerveza,
cuánto vale mi cabeza, cuánto cuesta mi colchón,
me dicen que compre un coche, que pase más tiempo en fiestas.
Que una casa necesito si quiero vivir mejor,
que venda aquello que sepa, que me reserve las penas,
me preguntan cuánto vale mi preciada educación,
me dicen que busque un hombre solvente y acomodado,
que el futuro es despiadado si no tengo tal consorte,
me dicen que compre un lote, que quién no estudia no es nadie,
si trabajas eres alguien, y si tienes vales mucho,
yo me callo y los escucho, pero no entiendo nada,
cómo es que he sido opacada por los precios y los costos,
cuánto vale mi busto, cuánto valen mis nalgas,
cuándo esperan que salga a venderle el alma al mundo,
no entiendo y yo me confundo, me preguntan cuánto cuesto,
qué precio tienen mis ganas,
me dicen que el mañana está hecho de oro y perlas,
qué sociedad tan cruenta, superficial y acomplejada,
que cuánto valen mis besos, me tienen arrinconada,
“todos tenemos un precio”, “pida que el hombre paga”,
me dicen que en el futuro todos tienen su contrato,
que yo también firme el pacto, que sería buena empleada,
que tan buena es la manada, que te comparte sus deseos,
que si algo te parece feo, y ellos lo hallan hermoso,
darás todo lo que tienes para comprar un pedazo
porque los demás lo quieren, porque se unen al lazo,
al vínculo incomprendido, de que el único cumplido es el que viene del otro,
y entre tanto alboroto, tienen todo y poseen la nada,
pues la llevan encarnada, a la piel siempre adherida,
no les queda más salida que comprarse una calada de un cigarrillo de muerte,
unas copas sin medida, y al llegar a la oficina recordar cuánto les cuesta pasarse todos los días trabajando sin descanso,
para comprar cosas vanas que ni siquiera querían,
cuánto les está costando cambiarse las baterías
para soportar la hora de llegada a su prisión,
al cúbiculo que encierra su adorado trabajo,
el que les da zapatos y les quita corazón,
cuánto cuesta el armazón que te evita los llantos
de vivir siempre pensando cuando bajará el telón,
se acabará la actuación del tener tan desmedido,
del poseer sin sentido, del desear sin razón,
se cierra la exposición y la única obra de arte
que era lo que soñaste de niño no se vendió,
cuánto te cuesta el sueldo, cuándo acabar la partida,
cuánto te cuesta la vida, cuánto de ella te quedó,
cuánta vendiste a unos pesos, y ahora que estás hecho huesos,
te preguntas ¿Qué pasó?.
Y me siguen contando, evaluando y cotizando, calculando mi valor,
no podrán nunca hacerlo, pues no tengo ningún precio,
no valgo por lo que tengo, yo valgo por lo que soy.

Los hijos de nadie.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
Eduardo Galeano
.

Hoy le escribo a los hijos de nadie, los submundo,
los subnormales, subvalorados, subimportantes,
los reprochados por todos y recordados por nadie,
su madre se llama bazuco y marihuana su padre.

Como familia los perros, como hogar la calle,
y duermen en los andenes, en las bancas o en los parques,
no conocen del amor, ellos sufren de otros males,
todos los dejan al margen, por eso son marginales.

En la sociedad les huyen viendo que son los culpables,
de todo ese dolor causantes y responsables.

Tienen los hijos de nadie siempre la misma chaqueta,
de techo el cielo estrellado, viven sin pan y sin mesa,
duermen entre mugre y cartón, las pulgas sus compañeras
y en la boca una oración, súplica de clemencia.

Su vida ya la han cedido, se niegan a ejercerla,
no han sido reconocidos, no importa cuánto les duela.

Menospreciados y desiguales, en la humillación sumidos,
deambulan en callejones a todos desconocidos,
son invisibles pues los ignoran, es que de nadie son los hijos,
sin embargo, no lloran y se incorporan, no se han dado por vencidos.

La muerte los sigue, le tienta su aroma,
huelen a abandono, a desprecio, a congoja,
seduce sus pasos y los acorrala,
deseosa del alma de esa hierba mala.

Pernoctan sentados, con un ojo abierto,
el destino en la calle es oscuro e incierto,
los hijos de nadie no pueden confiarse
si no están atentos puede que colapsen.

Marchitan las flores con su paso errante,
van por los senderos que hizo la ciudad,
saben los atajos, buenos caminantes,
las putas, los bares son su realidad.

Los hijos del pueblo, los hijos de todos,
producto directo de la sociedad,
personas de mugre nacidas del lodo,
del pus nauseabundo de la humanidad.

Que cubren las calles, sucios, andrajosos,
trabados, furtivos, sin intimidad,
que no mira nadie y huyen temerosos,
protegen tal vez su integridad.
Qué frágiles mentes y fríos corazones
poseen aquellos que les miran mal,
no saben del hambre, no saben del miedo,
criaturas horribles de doble moral.

Que cierran los ojos al dolor ajeno
y juzgan al pobre como criminal,
y al vulnerado que no vive al norte
quitan el sustento y también el hogar.

Los hijos de nadie ya lo han visto todo,
conocen el cielo y también la maldad, viven el infierno, aspiran las cenizas,
aliado-enemigo el señor satanás.

En su paraíso de libertinaje,
el alma cansada se hace corrupta,
y la piel ajada, cortada y rota,
otra puñalada más no importa.

Comen al estilo de un gran buffet,
pues entre la basura hallan qué comer,
escogen de todo y se logran llenar
de lo que no los hace vomitar,
se sirven, degustan, vuelven a probar
del arroz podrido que da la ciudad.

En danza impetuosa por la calle helada,
el asfalto, los puentes y la luz sin brillo,
se mueven veloces en la marejada
de autómatas seres de mano en bolsillo.

Los hijos de nadie se quedan sin nombre
cuando los rotulan ñero o gamín,
ladronzuelo de barrio sin dignidad ni orgullo,
sobra su presencia en el porvenir.

Les echan del parque y de las aceras, cuando muere alguno celebran de pie,
les envían mensajes en las camionetas,
llegó la limpieza váyanse de aquí.
Los hijos de nadie son los que murmuran
rezos en la noche para descansar,
son los que no lloran porque el dolor cura,
y ya se cansaron de tanto suplicar.

Los hijos de nadie, hijos de la calle, hijos de la gruta,
hijos del desprecio de la sociedad,
hijos del desquicio, hijos de basura,
de la locura de la humanidad.

Hijos de los restos, hijos de las fosas, escombro y recebo, labaza y costal,
hijos de la L, hijos de la loma,
hijos del mercado y del arrabal.
Los hijos de nadie, son hijos de todos y el nombre de su madre es Desigualdad.

Recopilación y edición: Christian E. Castiblanco

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