Mujeres Versos, el diario de Cristina

Cristina Gaviria desde las mágicas tierras de Antioquia en Colombia, expele al aire un poesía empoderada de amor propio, versos exóticos de mágica abstracción. Un canto al renacer de las cenizas, surgir cual ave fénix con sus las de gran envergadura y resiliencia. Letras que retan la nueva oportunidad de amar en un bálsamo de amor maduro, unos antes que dejaron retazos de lecciones…un tiempo que aunque es fugaz es preciso andarlo a un ritmo sin afán.

Bienvenid@s al diario de Cristina

“Abstracta”

Su piel huele a silencio, a la eternidad de un arroyo inexplorado que surca un paraíso.

Un éxtasis de plenitud irradian sus ojos, que adormecen la tormenta invocando el arcoíris.

Plácida quietud la rodea, cuál campo de amapolas que en sinfonía con los turpiales, son bálsamo para el espíritu.

Es paz con sabor a océano turquesa, a sol de primavera, a ocaso de otoño.

Es el café sin prisa y el vino maduro, una tarde en el mar y un cielo eclipsado; el vaivén de las olas embriagadas de bruma que cura.

Camina entre guerras frías, pacífica indolente, el tiempo de su afán dobló la esquina y ahora vive para ella.

Resulta abstracta pero es comprensible, sólo que un día murió a sus miedos y recordó su precio.El equilibrio está en ignorar las miradas y abrazar los espejos.

“Aprendí…”

En la lucha por el amor y la paz, hay que tener el corazón sano.

Hay amores que cómo torbellinos arrasadores, dejan un caos interior que deterioran la esencia, fulminan y devastan.

Eso lo aprendí pasando las hojas del calendario, seduciendo espejos, dejándole mi sueño a la piedad de una píldora.

Cuándo pude darme cuenta que amar no dolía; ya tenía heridas hasta en los sueños.

Porque si duele; es obsesión, apego, manipulación, dependencia, costumbre; menos plenitud.

Ahora que la sabiduría del error, me ha enseñado a equilibrar en la balanza de mis prioridades; descubrí, que no puede pesar más la necesidad de sentir amor y aceptación, que la imperiosa obligación de alcanzar la paz interior.

Por eso, entendí que sonreír para mí, debe ser un ritual cotidiano sin interrupción; que cocinar para mí, tiene que ser la velada más romántica y sutil; que dormir abrazada a mi dignidad, tiene que ser sin duda, el encuentro sensual más apasionado que pueda experimentar.

Entre el amor y la paz, elijo amar mi paz. Soy un ser creado para generar mi propia felicidad, y no para cederle a alguien ese derecho, que sólo a mí me pertenece.

Pude aprenderlo después de empapar algunas sábanas con lágrimas, y otras con el sudor de momentos fugaces que habían prometido ser eternos.

Resbalé tantas veces en el mismo fango, que llegué a extrañar el lodo, y el espejismo de reconciliaciones que parecían bálsamo a mis tristezas.

Agradezco al dolor por forjarme el carácter, la voluntad y las alas. No requiero aprobación ni simpatía sobre lo que pienso, pero necesito ser impulso para quienes han perdido su paz por perseguir el amor.

“Crepúsculo y ocaso”

En el océano infinito de tus ojos, cuál dos cristales que acrisolan mi alma en ruinas, dejé en reposo sueños viejos y pesares, para por fín volver a amar sin tanta prisa.

Cuando me miran un hechizo me embelesa, mi corazón juega a salirse de mi pecho, pero tus brazos me sostienen con firmeza y en ese abrazo se fusionan nuestros cielos.

Voy a vivir en un presente indefinido, voy a olvidar que hubo un pasado que aún me sangra, y que la duda nunca alcance mi camino, y mi futuro sea el oasis que soñaba.

Haz que mi otoño reverdezca entre tus labios, y que ese frío de mi piel se vuelva hoguera, que tu sonrisa sea crepúsculo y ocaso del tiempo fértil que le resta a mi existencia.

“Mi propia hoguera”

Ví pasar agonizante mi amor propio, sintiendo pena por no haberlo defendido, con la culpa consumiendome en su hoguera, por tejer con cobardía mi presidio.

Al perseguir una utopía hallé el averno, calciné mi dignidad hasta cegarla, las cenizas se me van entre los dedos, cómo huyeron de mi espíritu las alas.

Le creí a ese tesoro imaginario, que con disfraz de adoración me amedrentaba, aún sabiendo que eran más los desconsuelos, que el regocijo de sentirme valorada.

Mi voluntad cuál marioneta sin destino, que es arrasada por corrientes turbulentas, pasa de largo arrebatándome su abrigo, cómo castigo a mi atrevida indiferencia.

Jugué mi esencia y la perdí en brazos ajenos, en besos rotos que fingieron arrullarme, en unos ojos que miraban otro cielo, en labios falsos que juraron siempre amarme.

Mi temor era perderte y no encontrarme, y hoy que te has ido me enfrenté con mis temores, me prometieron una tregua sin juzgarme, otros otoños pero nuevas ilusiones.

“Desandar”

Cómo si al tiempo una amnesia lo invadiera, y en su demencia se alterara el calendario, cómo si un férreo torbellino lo envolviera, desordenando horas, días, meses y años.

Tras el ciclón nada volviera a ser lo mismo, y sin opción recomenzar la nueva historia, sin el pecado de un ocaso en el olvido, ni cien mil culpas taladrando la memoria.

Sí el punto cero fuera un nuevo nacimiento, el mismo cuerpo, el mismo rostro, igual el alma; pero el pasado aunque acallado quede impreso, para esquivar sin resbalar las mismas trampas.

Reescribiría sobre el lienzo de mis sombras, desandaría en mis parajes más obscuros, retomaría ese momento de mi historia, dónde olvidé que a ser feliz vine a éste mundo.

Aunque vivir es un pasaje de ida y vuelta, no se desandan los segundos claudicados; pero hay otoños que aún esconden hojas secas y primaveras esperando otro verano.

Cristina Gaviria, D.R.A

Edición y recopilación: Christian E. Castiblanco

7 comentarios en “Mujeres Versos, el diario de Cristina

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